Imagen de la plaza de San Jorge

NOTICIAS

12-09-2006

Santiago Castelo, amor a la tierra

Opinión. Articulo publicado por Feliciano Correa en el periodico Hoy. 8 de Septiembre. CÓNSUL en la capital del reino, malabarista de la lira, mago de la glosa con voz de juglar ,guardian de confidencias y secretos..

CÓNSUL en la capital del reino, malabarista de la lira, mago de la glosa con voz de juglar, guardián de confidencias y secretos, tolerante y franco, amante del diálogo, vate de jocunda trayectoria, filósofo más allá de la estrofa, «atorado de cordialidad» al decir de Juan Manuel de Prada, panadero del periodismo viejo que logra así sobrevivir todavía artesanalmente, con el candor preciso, frente al supermercado casi cuatrero de esa información que deambula en libertad vigilada. Anoche colgaba en su cuello ese grandullón de Granja de Torrehermosa, Santiago Castelo, la Medalla de Extremadura. Se homenajeaba a un literato de «vuelo popular», al decir de Simón Viola, y a un ilustre doméstico, benefactor de los suyos. Tienen en Madrid los extremeños un aeropuerto particular donde aterrizar sus letras. De ahí parten volando con alas de papel abecedario y son noticias los pensamientos por tierra, mar y aire. Porque junto al oficio de escritor, Castelo ha profesado voluntariamente ese otro de ser asistente social de las ideas. Podrían haberse llenado anoche todas las paredes del auditorio de Cáceres con las páginas de ABC publicadas sobre esas cosas nuestras que él propició, repicándose así lo extremeño por doquier, como aquel viejo dolondón de los cencerros, traspasando montañas y fronteras. Está bien premiar en vida a quienes en fecunda madurez amasan cada día silogismos benéficos y se bregan en el oficio de samaritanos de lo intangible. Porque saben hacer causa suya las inquietudes y los anhelos del paisanaje que aman. El periodismo de chismorreo, hoy tan encenagado en las cloacas impresentables de lo peor del hombre, olvida las grandezas mejores de lo humano. Pero algunos oficiantes de la pluma ejercitan la nobleza del trabajo alejado del mercado bastardo, ese donde otros convierten la pluma en monedero. Por la honra que hoy se tributa a Santiago Castelo propiciamos la reconciliación de la sociedad con el viejo oficio de letras de plomo y olores a café y ginebra en las viejas rotativas. Y ahí, tras la ventanilla de la Tercera, Castelo ha visto llegar preciosos manuscritos, otros textos no vieron la luz, debiendo manejar su izquierda con más habilidad que la pluma ágil de Corrochano. Amarrado a la galera del periodismo, al decir de Pérez Mateos, ha sobrevivido sabiendo silenciar. Por los recintos fantasmales que siempre existen entre los laberínticos caminos de un periódico centenario, presiento cómo se confabulan en sanas complicidades las voces de González Ruano y de Azorín; de Julio Camba y de Eugenio Montes; de José María Pemán y Agustín de Foxá. Sobresale sobre ellos la garganta vibrante de Pedro de Lorenzo, ese extremeño sonoro y castizo que tempranamente apadrinó a Castelo creyendo en él. Hoy se complace el de Casas de Don Antonio al ver cómo ha volado hasta el cuello de un patricio de la Academia Extremeña el símbolo de una razón de amor. Porque por encima de otras muestras de servicio o fama por la tierra, son siempre razones amorosas las que mueven y explican la brega por una región tantas veces adversa, a contrapelo y a contramano. Y las razones incontestables del amor, son la tierra dura, la estirpe sufridora secularmente con mano presta al servicio, el sino de la historia, y los nuevos logros y los viejos quebrantos. Amores derrochados, con razón o sin ella, siempre entre luces y sombras, explican que algunos sientan posarse junto a su corazón la Medalla de Extremadura


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